El cáncer es un conjunto de enfermedades
caracterizadas por la existencia de una proliferación anormal de células
malignas. Lo que confiere la característica de malignidad a esta proliferación
celular es su capacidad para invadir órganos, tejidos y diseminarse a distancia
desde su origen.
Desde los tiempos de Hipócrates y aún
antes, los médicos griegos de la Antigüedad comprendían claramente las formas
por las que un tumor maligno lleva a
cabo su inexorable determinación de destruir la vida. Basándose en lo que percibían
sus ojos y dedos, dieron un nombre muy específico a las duras tumoraciones y
ulceraciones que con tanta frecuencia veían en las mamas, sobresaliendo del
recto o de la vagina de sus pacientes. Para distinguir estas tumoraciones de
las hinchazones ordinarias, que denominaron oncos,
emplearon el término karkinos o
“cangrejo”, que, curiosamente, se deriva de la raíz indoeuropea que significa “duro”. Siendo oma un sufijo que indica “tumor”, se
empleó karkinoma para designar el
crecimiento tumoral maligno. Siglos más tarde, empezó a usarse habitualmente “cancer”, la palabra latina que significa
“cangrejo”. Mientras tanto, oncos,
palabra que usaban los griegos para definir a un bulto, inflamación o tumor, se
aplicó a todo tipo de tumores, razón por la que denominamos oncólogo al
especialista no quirúrgico del cáncer.
El
origen de karkinos y karkinoma se basaba, lo mismo que tantos
términos médicos griegos, en la simple observación y el tacto. Como señaló
Galeno, el principal intérprete y codificador de la medicina griega en el siglo
II a.C., esta sinuosa masa pétrea, ulcerada en el centro, que con tanta
frecuencia veían en las mamas de las mujeres, es “exactamente como las patas de
un cangrejo extendiéndose en todas las direcciones desde cada parte de su
cuerpo”. Y no sólo las patas las que se hunden más y más en la carne de sus
víctimas; el centro también la va corroyendo. Se asemeja a un insidioso
parásito que avanza a tientas adhiriéndose con sus afiladas pinzas a los
tejidos en descomposición de su presa. Sus lacerantes extremidades extienden
sin cesar los límites de su malino dominio, mientras el repugnante centro de la
bestia socava y corroe calladamente la vida, pues sólo puede digerir lo que
antes ha descompuesto. El proceso transcurre silenciosamente, no se puede
detectar su comienzo y sólo finaliza cuando el expoliador ha consumido las
últimas fuerzas vitales de su anfitrión.
Hasta pasada la mitad del siglo XIX se
pensaba que el cáncer mataba furtivamente; que desplegaba su poder amenazador protegido
por la obscuridad y sólo se sentía la primera picadura cuando la infiltración
asesina había estrangulado demasiado tejido normal como para que pudieran
restablecerse las defensas desbordadas de su anfitrión. A continuación, el
verdugo regurgitaba en forma de gangrena maligna, la vida que había devorado
silenciosamente.
Actualmente sabemos que no es así porque
hemos descubierto una personalidad diferente en nuestro viejo enemigo al verle
a través del microscopio de la ciencia contemporánea. El cáncer, lejos de ser
un enemigo clandestino, se revela poseído de una maligna exuberancia asesina. Propagándose
desde un punto central, la enfermedad lleva a cabo sin tregua una campaña de
tierra quemada en la que no se respeta regla alguna, no se obedecen órdenes y
se aniquila toda resistencia en una orgía de destrucción. Sus células actúan,
si no le ponemos remedio, como miembros de una frenética horda de bárbaros que,
sin jefes y sin control, sólo persigue un único objetivo: saquear todo lo que
está a su alcance. Esto es lo que los médicos e investigadores denominamos autonomía. La forma y la velocidad de
multiplicación de las células asesinas violan todas las normas de conducta en el interior del ser humano
cuyos nutrientes vitales le alimentan antes de ser destruido por esa atrocidad
en expansión que ha surgido de su interior. En este sentido el cáncer no es un
parásito, Galeno se equivocó al decir que se hallaba praeter naturam (fuera de la naturaleza). Sus primeras células son
los hijos bastardos de unos padres irresponsables que, finalmente, los rechazan
porque son feos (anaplásicos), deformes y rebeldes (autónomos). En la comunidad
de los tejidos y órganos que forman el ser humano, la incontrolable turba de
inadaptados celulares que es el cáncer se comporta como una banda de
adolescentes violentos (por su inmadurez celular). Son los delincuentes
juveniles de la sociedad celular.
Lo más apropiado es considerar al cáncer
una enfermedad de maduración celular alterada, el resultado de un proceso de crecimiento y
desarrollo que ha tomado una dirección errónea en algunas de sus fases. Una
célula tumoral es aquella que en algún momento ha perdido su capacidad de diferenciación, término que empleamos
para designar el proceso por el que pasan las células para alcanzar una madurez
sana. El conjunto de células inmaduras anormales que resulta del bloqueo de la
diferenciación se denomina neoplasma, derivado de la palabra griega que
significa formación nueva. En condiciones ordinarias, las células normales son
sustituidas constantemente en cuanto mueren, no sólo por la reproducción de las
células supervivientes más jóvenes, sino también por un grupo de células que se
reproducen activamente llamadas células madres. Las células madres son formas
muy inmaduras, con un enorme potencial para crear tejidos nuevos. Para que la
progenie de las células madres alcance la maduración normal debe pasar por una
serie de fases. Según se acercan a la madurez pierden rápidamente su capacidad
de proliferar en la medida en que aumenta su capacidad para realizar funciones
que van a asumir. Una célula totalmente madura del epitelio intestinal, por
ejemplo, absorbe los nutrientes de la cavidad intestinal mucho más eficazmente
que se reproduce; una célula del tiroides cumple su función segregando
hormonas, pero tiende menos a reproducirse que cuando era joven. La analogía
con la conducta social del conjunto de un organismo como el nuestro es
insoslayable. En un neoplasma maligno, ciertas influencias (o combinaciones de
influencias), sean genéticas, ambientales o de otro tipo, desencadenan un
bloqueo precoz en su maduración de forma que el proceso se detiene en un
estadio en el que todavía tiene una capacidad ilimitada de reproducirse. Las
células madres normales siguen intentando producir células normales, pero su
desarrollo siempre es interceptado: no consiguen alcanzar un grado de madurez
suficiente como para cumplir la función que tenían asignada o para parecerse un
tanto a las células adultas que debían llegar a ser. El desarrollo de las
células cancerosas se detiene en una edad en la que aún son demasiado jóvenes
para haber aprendido las normas de la sociedad en la que viven. Como sucede con
tantos individuos inmaduros de todas las especies, todo lo que hacen es
exagerado y sin tener en cuenta las necesidades ni las limitaciones de los que
le rodean.
Al no estar completamente desarrolladas,
las células cancerosas no intervienen en algunas de las actividades metabólicas
más complejas de los tejidos maduros no malignos. Una célula cancerosa del
intestino, por ejemplo, no colabora en la digestión como sus equivalentes
adultas; lo mismo puede decirse de casi todos los demás tumores malignos. Las
células malignas concentran sus energías
en la reproducción más que en las tareas
que debe llevar a cabo un tejido para mantener la vida de un organismo. Los
hijos bastardos de su hiperactiva reproducción (asexual) carecen de recursos
para hacer algo que no sea causar problemas y constituir una carga para la
laboriosa comunidad en la que habitan. Como sus padres, son reproductoras, pero
no productoras. Como individuos constituyen un peligro para una sociedad
conformista, equilibrada y tranquila que constituye el cuerpo humano.
Las células cancerosas ni siquiera tienen
la decencia de morir cuando deben. Toda la naturaleza reconoce en la muerte la
etapa normal del proceso normal de maduración. Las células malignas no alcanzan
ese punto: su longevidad no es finita. Muestran, cultivadas en laboratorio, una
capacidad ilimitada de crecer y generar nuevos tumores: están “inmortalizadas”.
Esta combinación de muerte postergada y nacimiento incontrolado constituye la
mayor violencia del orden natural de las cosas por parte de los tumores
malignos y explica por qué un cáncer, a diferencia del tejido normal, no deja
de crecer a lo largo de su vida.
Al no conocer y respetar las reglas de la
biología humana, el cáncer es amoral. Al no tener otro objetivo que
la destrucción de la vida, el cáncer es
inmoral. Estos adolescentes inadaptados vuelcan su ira en la sociedad
(cuerpo humano) de la que son producto. Son una banda callejera con un solo
objetivo: sembrar el pánico, la destrucción y autodestrucción. Si nada o nadie
se lo impide, terminan con el barrio que la sustenta y, por tanto, consigo misma.
El cáncer es asocial.
El
cáncer, hasta los inicios del siglo XX, era sinónimo de muerte. Esto ya no es así. Conocemos, desde hace
tiempo, que gran parte de los cánceres son predispuestos por factores genéticos
(familiares), sociales y ambientales. Podemos incidir en su prevención
primaria, es decir, en aquellas personas predispuestas por sus antecedentes
familiares o socio-ambientales seguirlas y controlarlas para evitar su
desarrollo o en una detección precoz si aparece el cáncer. Una vez detectado el
cáncer, disponemos de distintos arsenales médico-quirúrgicos para su
tratamiento, según sea el tipo de tumor, su estadio de desarrollo y
diseminación. Estas armas son la cirugía, la quimioterapia y la radioterapia
complementarias y combinadas entre sí. Hoy día, en un porcentaje importante,
curamos el cáncer. El cáncer se puede curar dependiendo del estadio tumoral en
el momento de su diagnóstico, de la estirpe tumoral, de la edad y morbilidades del
paciente… En aquéllas circunstancias en las cuales esté en un estadio avanzado
podemos intentar “cronificar” el mismo, prolongar una vida humana, que hasta hace
unos años implicaba muerte segura a muy corto plazo. En el siglo XXI, frente al
cáncer, podemos dar vida y a su vez calidad de vida. La conceptuación del
cáncer está cambiando. Sabemos que la solución está en la detección de los
grupos de riesgo para su desarrollo y por medio de la inmunogenoterapia evitar
su aparición. Por tanto, alcanzada esta situación, posiblemente no habrá
cáncer. En la comunidad científica tenemos claro, que en futuras generaciones, términos
como cirugía, quimioterapia, radioterapia y medicina paliativa serán vocablos en
desuso e históricos en la medicina relacionada con el cáncer. Esta afirmación
no es sólo una esperanza o un deseo, sino que se fundamenta en el devenir
propio del avance de la ciencia biológica y médica.